Detrás del “pelero” que dejaron Carlos Ortega y los demás asilados políticos viene una segunda huida: la de la juventud profesional venezolana, aterrorizada por las políticas totalitarias que anuncia el gobierno.
Como una profesional joven, veo con preocupación pero con bastante comprensión esta actitud de mis congéneres. Hace unos meses sucedió algo que me sorprendió. Una compañera fue a una entrevista de trabajo en una importante empresa venezolana. Una de las primeras cosas que le preguntaron fue si tenía intenciones de irse del país. Las últimas dos personas que habían tenido –quienes además no le dudaron mucho a pesar de ser una empresa con tremendos sueldos y beneficios– se habían ido a los meses para el exterior.
Es increíble como ahora se abren puestos de trabajo por la fuga de cerebros. Puede parecer una tremenda oportunidad para quienes quedamos, pero en realidad somos nosotros los que más sufriremos a futuro, a causa de un sector empresarial que cada vez tiene un universo menor para escoger sus candidatos. Por más que nos frustre, la competitividad en el campo laboral nos impulsa a mejorar nuestras habilidades, estudiar más, buscar maneras de diferenciarnos.
Sin embargo, admito que es bastante comprensible la ida de estos muchachos. Hemos pasado por tantas cosas en estos nueve años, que es inevitable sentirse impotente para cambiar la situación del país. Hemos pasado por huelgas, marchas, denuncias en los medios y en los tribunales internacionales y la verdad es que no hemos logrado mucho. Estoy segura de que tarde o temprano, este péndulo de poder que se ha movido hacia un solo lugar se devolverá. Lo que yo quisiera, en todo caso es el equilibrio, y no el aniquilamiento del enemigo como piensan los chavistas –o por lo menos los chavistas en el poder.
No niego que lo he pensado. Irme de aquí, dejar atrás al loco y a su combo, a este odio hacia el que piensa diferente, al acoso del gobierno y sus agencias: el Seniat, Cadivi, la Lista Tascón…
Pero creo que siempre lo descarté hasta el momento en el que comenzaron las expropiaciones en el campo. Le han quitado las propiedades a las personas, y ya no es sólo a los ganaderos adinerados sino también proyectos en construcción como los de Terrazas del Ávila, que dejaron a muchos compradores de clase media sin ningún reintegro de su inversión.
Si ya la situación económica, la inseguridad y la deficiencia de los servicios básicos hacía a muchos pensar en irse, el régimen de Chávez nos ha convertido en la nueva nacionalidad suramericana en emigrar masivamente.
Cuando estoy aquí, cerca de mi familia y veo el potencial que tiene este país por sus recursos y situación geográfica, no puedo imaginarme la locura de salir de aquí. Pero sólo con escuchar los proyectos de Ley Inmobiliaria y la nueva Constitución cambio de opinión. Son espeluznantes. Y como Comunicadora Social, ver que se eclipsa un canal televisivo porque a Chávez le dio la gana es la gota que derramar el vaso.
Los jóvenes venezolanos estamos frente a una gran diatriba. ¿Qué camino escoger? Personalmente, mi éxito profesional me mantiene aquí, pero si continúa la represión no sé si responderé lo mismo el día de mañana.
Quisiera tener la energía e ilusión de los universitarios en las marchas, un sentido de heroísmo y fuerza que les hace sentir que seguramente triunfarán. La verdad es que nunca he sentido eso durante los 9 años de pesadilla que vivimos, pero por lo menos sentía más esperanza durante la marcha.
No digo que esto dure para siempre… simplemente sé que faltan años para que la oposición madure y el chavismo se caiga por su propio peso. Espero que entonces logremos reponer toda la inteligencia, fuerza y habilidades de la fuerza laboral que hemos perdido.
viernes, 22 de junio de 2007
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