viernes, 3 de agosto de 2007

Ser mujer y líder

Esta semana he estado participando en el programa “Mujer, liderazgo y comunicación”, organizado por Cedice Libertad y Voces Vitales, junto a más de una docena de periodistas de diferentes medios, empresas e instituciones privadas y públicas.
En esencia, este programa es una reflexión sobre el lugar de la mujer en la sociedad y el importantísimo rol de liderazgo que ejercemos desde los medios de comunicación.
Este es un tema que no tocamos suficiente en nuestro día a día, especialmente en Venezuela, donde las mujeres no sólo dedicamos una atención casi desproporcionadas a nuestro físico, sino que muchas parecen desvivirse para ser más buenotas, más atractivas y más agradables con el fin de complacer a los hombres.
Los años que viví fuera del país y haber compartido tanto con extranjeros me ha ayudado a tener una visión de los venezolanos privilegiada: los entiendo desde adentro porque ante todo soy venezolana, de nacimiento, padres y crianza; pero al mismo tiempo puedo ver con ojo crítico las particularidades de nuestra cultura.
Una de las primeras conclusiones que hago es que el venezolano, hombre y mujer, forma su ser y su vida alrededor de lo que piensan los demás, más que cualquier otra cultura que yo conozca. Claro, en esencia el ser humano es comunicación y todo lo que hacemos, compramos y expresamos es hecho en función del otro. Pero lo del venezolano llega al extremo. Y en el caso de la mujer, ni hablar.
La mujer venezolana no parece exigir ningún derecho de género, sintiéndose más bien orgullosísima de su fama de bella y encantadora. La idea del feminismo llega hasta unos chistecitos. No conozco a ninguna mujer de mi generación, quien en realidad busque cambiar las situaciones, más allá de las condiciones individuales. El machismo es motivo de quejas pero no de acción, a pesar de que existen herramientas legales para defender nuestros derechos. Esto lo aprendí sobre todo por una experiencia muy desagradable que viví hace unos cinco años.
En un medio en el que trabajé, el socio mayoritario y editor en jefe era un hombre estadounidense bastante joven, buenmozo y un poco arrogante. Él trajo a su novia –una ex miss– a trabajar en uno de los departamentos, pero eso no evitaba que pasara la mitad del tiempo coqueteando con todas las mujeres de la empresa. Pero sus halagos no eran nada placenteros, a pesar de venir de un hombre tan atractivo y tan buen partido. A varias empleadas –incluyéndome a mí– nos incomodaba sentir que este coqueteo venía de un jefe. Sé que muchas de las mujeres que lean este artículo han pasado por esta situación y probablemente se reirán de mí (“Esta mujer sí se enrolla”). Pero aunque parezca hasta entretenido para algunas, este juego es completamente asimétrico –para recordar una palabra de mi presidente meeesmo. La única que puede perder en el juego es uno, la subordinada y asalariada. Todo el poder está en sus manos. Y más degradante todavía, por más que tú le estés echando pichón y sacando tu postgrado, fajándote para sobresalir, él está diciéndote que eso le importa poco, porque al final tu eres un “culito” para él. Así de sencillo.
Este era el caso con el jefe en cuestión, de quien esto me parecía un caso agravado considerando que en su país podría ir a juicio por menos de lo que hacía con nosotros. Los piropos no eran solamente miraditas y halagos ligeros. A una chica le dijo “qué bellas piernas tienes” en un español machacado. A mí me dijo “casualmente” que estaba buscando una esposa. Mi mirada de escepticismo y una respuesta fría deseándole suerte en el asunto hicieron que se le “aguara la fiesta” y dejara un poco la cosa conmigo. Pero un día se pasó de la raya.
La empresa había mandado a hacer docenas de franelas para un programa de responsabilidad social y yo –que me encanta el material POP– le pedí que me regalara una. Frente a su novia y el Gerente General de la empresa me dijo “Sí, pero sólo si te lo ganas en un concurso de camisas mojadas”. Fue uno de los momentos más desagradables de mi vida profesional. La novia rodó los ojos (por cierto seguían juntos hace un año a pesar de la montadera de cachos constante), y el gerente general –un hombre honesto y respetuoso hasta el momento– al principio puso una cara de sorprendido, pero luego se decidió por jalar mecate y soltó una risa falsa. Mi reacción fue poner una cara de absoluto disgusto y por la cara de avergonzado que puso el editor en jefe, tiene que haber sido un gesto bien claro para él. Después de ese día no volvió a tratarme jamás de esa manera y poco después se aburrió de acosar sexualmente a sus empleadas y más bien usaba a las reporteras como anzuelo para captar entrevistas y hacer contactos con mujeres que él consideraba atractivas (pero no nos pagaba doble sueldo por asumir la tarea adicional de proxenetas),
Lo que más me indigna de esta situación fue la manera de actuar mía y de las demás mujeres. ¿Cómo es posible que un hombre, por rico y jefe, se atreva a estar haciendo comentarios sexuales a todas horas a sus empleadas? ¡Y nosotros no le dijimos nada! En ningún momento alguna se le paró y le dijo: “disculpe señor, pero esto me parece una falta de respeto y no me parece apropiado en un ambiente de oficina”. Las mujeres se dejaban tratar como objetos. Pero sobre todo yo, quien conozco bien el tema de acoso sexual y lo fácil que hubiese sido –no amenazar– sino establecer límites y poner en su lugar a este señor, jamás lo hice. No lo hice por temor y pena; no lo hice porque temía ser la única en levantar la voz, mientras las demás callaban y hasta sonreían; y quizás por eso de la falta de experiencia, porque viví una vida tan inocente que a excepción de un profesor chileno baboso jamás tuve una experiencia similar con un hombre jerárquicamente superior a mí.
Aquí las mujeres no hacen valer sus derechos ni en eso. No nos unimos en grupo y creamos un frente común para enfrentar problemas como esos. Peor todavía, muchas se ríen de este tipo de cosas (“¡Si a mí me han pasado peores cosas!) y ni siquiera lo consideran un verdadero problema.
Agradezco la experiencia de participar en este programa sobre mujer y liderazgo, no sólo por los aprendizajes recibidos, sino por simplemente crear un espacio para discutir este tema. El feminismo no es una posición radical, como aquellas mujeres que quemaban sus sostenes y se vestían como hombres pensando que así lograrían la igualdad. Este no es un tema de comeflores, ni algo radical. Es un derecho de igualdad que tenemos todas. Los hombres ganan más que nosotras y están en mejores posiciones de liderazgo. Con sólo mirar alrededor en nuestros lugares de trabajo lo vemos.
El lenguaje está lleno de términos machistas, pero sobre todo las costumbres del día a día –que transmitimos a nuestros hijos– están llenos de desigualdad, que afectarán nuestro ascenso profesional, familiar y social ahora y en el futuro. No es cuestión de dominar al hombre ni rechazarlo. Es incorporarlo a nuestra lucha, como madre, esposa o madre de sus hijos. Pero sobre todo, nosotras las jóvenes profesionales que estamos comenzando a formar nuestros hogares y accediendo a poderes de liderazgo inéditos, debemos exigir condiciones de vida que nos permitan lograr espacios tradicionalmente masculinos sin tener que sacrificar nuestros papeles de madre y esposa, como exigir guarderías dentro de nuestros lugares de trabajo.
Esa y otras metas pueden parecer lejanas, pero como dice el refrán chino: “El viaje de mil millas comienza con un solo paso”. Y el primer paso es levantar la voz y hacernos escuchar.

*Profundizaré más en este tema en una próxima entrada sobre el SIDA y la mujer venezolana.

1 comentario:

unocontodo dijo...

Tienes el 100% de la razón, soy de los que piensa que este país será otro cuando lo presida una mujer.

Pero te olvidaste de que eso, pasa en gran parte, por culpa de las mismas mujeres. ¿La novia hizo algo?.. NO. y así, las novias-esposas de los demás "machos", se lo permiten 100% concientes de eso, los "intereses" son otros.

Recién graduado, hubo una secretaria que me abordó de una, y me dijo que si era casado, mejor...

Y las que van vestidas a "trabajar" con minifaldas y escotes exagerados?, lo hacen con una intención muy clara, ¿porqué al salir a la calle, se ponen un sueter y mientras caminan van bajándose la minifalda con las manos cada tres pasos?...

Si los hombres son unos "pasados", las mujeres o "se tapan un ojo" o participan.

Ah…. y mi esposa trabajó en las 3 publicidades mas grandes, aquí en Venezuela... y en los cuentos del "bichismo" muchos son las mujeres los que lo protagonizan, incluso “casadas”. Hoy día el bochinche ya no tiene “género”.

Bienvenida a la Blogósfera criolla.... y estoy seguro, que algún día, las mujeres van a dominar o están dominando los puestos claves en las empresas.