Lo que sigue son mis reflexiones sobre la novela “Adios a las Armas” de Ernest Hemingway, tomado de fragmentos de un correo a unos amigos. Lo divido en dos partes por la longitud: la primera, sobre el estilo de Hemingway, una gran inspiración para cualquier periodista; y la segunda sobre la tristeza de él en esta novela y cómo yo siento que es el primer capítulo de su carta de suicidio (que ocurrió 30 años después de escribirla y con la pistola que usó su papá para matarse, unos meses antes de la publicación de esta novela).
I.
Hace unos días me reuní con un amigo que me dijo que en los libros de Hemingway nunca sucede nada. Y tiene razón. Aunque el ambiente y situación en la que está inmersa la historia siempre es fascinante (guerra, un viaje de caza en Kenya, una feria española de toros), la realidad es que la historia es generalmente sencilla, con poco ambiente emocional.
Francamente, yo amo la lectura de Hemingway… será seco, machista, amante de la guerra y caza (cosas que yo detesto), pero leerlo es como escuchar música de relajación o Chopin. Es algo que me reconforta y me hace sentir en un lugar muy seguro y cálido, muy familiar.
Es impresionante como un autor que le declaró la guerra a los adjetivos sea tan descriptivo. Me gusta leer hasta los libros más lentos de él (como “Las Colinas Verdes de África”) porque con su descripción en palabras sencillas y claras, uno siente como si estuviera ahí viendo el momento que él cuenta. Cuando leí ese libro, hace unos años, estaba estudiando un semestre muy complicado y pasando por una situación desagradable en el lugar donde trabajaba. En las noches leía una o dos páginas, donde por supuesto no sucedía mucho (las personas llegaban de su hospedaje a la sabana, caminaban con escopetas, veían los animales, les disparaban y se regresaban; ahora repite eso unas 12 veces y tendrás el contenido del libro). Sin embargo, la descripción de los animales era tan vívida – y yo trataba tanto de ignorar el hecho de que esas pobres especies en extinción se morían en cada capítulo – que yo comenzaba a soñar que estaba en las sabanas de África viendo a un rinoceronte amamantando a su cría. Suena un poco loco, pero era muy relajante…
Lo mismo sentí al leer “Adios a las armas” (Farewell to Arms), una de las primeras publicaciones de Hemingway y una narración inspirada en sus propias experiencias como conductor de ambulancias en el ejército italiano durante la Primera Guerra Mundial. Sucede muy poco, pero siento que realmente estoy en las alas del hospital italiano, donde él estaba recuperándose de una herida de guerra. Como soldado al fin, las conversaciones con sus colegas tienen una gran carga de dobles sentidos. Sin embargo, Hemingway es muy parco con las palabras de atribución. A diferencia de los periodistas venezolanos que caen en lo absurdo cuando citan a alguien (“Fedecámaras colaborará con el gobierno”, el vocero exclamó… ¿por qué exclamó?), él sigue el estilo estadounidense: “said usually says it best” (“dijo” generalmente lo dice mejor). Por eso la picardía de un comentario de uno de los oficiales tiene más gracia todavía. No hay nadie que ponga la torta diciendo algo como “…, dijo el oficial con una risa de picardía”, sino que transcribe la frase claramente, para que uno mismo consiga la gracia.
Para mí este libro ha sido una experiencia de regresar a Hemingway, a un viejo amigo, que aunque seco y un poco pesimista, es familiar y reconfortante.
II.
Creo que es el libro que más me ha entristecido de él. En inglés usan mucho la palabra "Haunt" para eso. Decir espantar suena mucho a miedo, así que te puedo describir que el final triste del libro fue como entrar en una casa donde han ocurrido cosas muy tristes. Sentía el fantasma de la tristeza de Hemingway, no el temor de ver un fantasma-- no sé si me explico. Leer "Adios a las armas" fue como comenzar a leer una carta de suicidio treinta años antes del suicidio de él.
Al principio me parecía una lectura fresca, aunque se sentía una gran distancia de la realidad de la guerra. Él no estaba allí en cuerpo y alma, es evidente al leer un libro sobre la guerra donde realmente no hay casi nada de la guerra en sí. Siento que el amor por Catherine, aunque evidentemente sintió mucho por ella, fue casi una evasión para él, una manera de sentir algo por alguien, para huir de lo absurdo de la guerra. Él, como muchos de los soldados y oficiales que describe, están absolutamente desmotivados por la guerra. Pelean sin querer pelear, sin entender ni comulgar con la causa, simplemente con deseos de llegar a sus casas, comer y estar con mujeres.
Entonces conoce a esta mujer, quien además es insoportable, especialmente para una lectora femenina. Es tan insegura y tan gafa que no puedo creer que un premio nobel del siglo XX pudiese querer a alguien así. Pero bueno, supongo que si Arthur Miller pudo casarse con Marilyn Monroe todo es posible. Claro que Frederick no es tampoco el gran partido. Pero bueno, todo se vale en el amor en la guerra, considerando la escasez de parejas... Pero más allá de la elección de pareja, que no es incumbencia de nadie, siento ese deseo de escapar de Hemingway. Un romance siempre es la excusa perfecta para no caer en la realidad.
Sin embargo, a medida que avanza la novela se ve como Hemingway realmente se enamora de esta mujer. Hay una parte donde él admite que con ella sintió algo que no volvió a sentir por más nadie... y lo creo, porque tuvo 4 esposas en 60 años de vida. En la película algo banal que se hizo hace unos años con Sandra Bullock (supuestamente la historia contada por la enfermera), ella al final lo buscó después de rechazarlo, pero por su orgullo, él no quiso nada con ella. Recuerdo que mi papá veía la película conmigo y dijo: "¡Qué hombre tan tonto! Rechazar a esa mujer para después casarse 4 veces y ser infeliz!". Mi papá es un hombre muy práctico y con mucho sentido común, pero insisto que eso es algo que los genios (especialmente los artistas y literatos) no pueden darse el lujo de tener.
Pero más perturbador que el haber escogido estar infeliz románticamente, es su enfrentamiento con la muerte. Él escribe un fin para ese romance que nunca sucedió pero que es mucho peor que un amor truncado. "La muerte siempre gana"... Ellos, que trataron de huir de la guerra y la muerte al escaparse del frente, al final cayeron en sus garras inevitables. Y él es una persona tan triste y sola que no puede amar ni siquiera a su propio hijo.
Es un sentimiento terrible. Cuando uno tiene varios familiares enfermos, parece en verdad que uno está en medio de una telaraña y sin ningún poder para hacer nada. Todo el sentido de falso control que tenemos en nuestras vidas se nos cae. Eso lo he vivido y sé lo terrible que es. Pero lo de Hemingway va más allá. Después de terminar de leer el libro busqué una cronología de su vida y me di cuenta que unos meses antes de reescribir y publicar esta novela, el padre de Hemingway se suicidó. Hemingway le ´pidió a su hermano la pistola con la que se había matado y usó la misma arma para matarse unos 30 años después.
El dolor es algo que destroza la vida de una persona, y creo que para el momento en que escribió esta novela, siendo aún bastante joven, Hemingway estaba trazando el camino hacia una vida solitaria y llena de sufrimiento. Evidentemente amó después a otras mujeres, pero nunca sintió la misma intimidad con más nadie. Ya para el momento de escribir el libro tenía dos hijos y es casi increíble ver como en el libro el bebé es una cosa fastidiosa, irritante, que lo divide a él de su amante. Es triste pensar que ni la paternidad le dio felicidad. Quizás fue todo ficción, pero me cuesta creerlo. Ese niño distante y molesto es el símbolo de una serie de sentimientos confundidos, decepciones, traiciones, quizás el mismo luto por su padre.

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