lunes, 14 de julio de 2008

Haciendo las maletas…

Estoy a poco tiempo ya de montarme en el avión que me llevará a mi nuevo hogar. Aunque desde hace meses he esperado este momento, nunca parece tan palpable como ahora. Para cualquier persona que piensa hacer un viaje como el que hago yo, indefinido o de muy largo plazo, la verdad es que realmente comienzas a darte cuenta de las dimensiones de tu decisión cuando haces las maletas.
Es difícil decidir qué llevar y qué dejar. Los costos de transporte son tan costosos, que llevar una mudanza sólo es posible si tu empleador te lo está pagando o si tienes muchísimo dinero. Por eso muchos inmigrantes a Canadá llegan con una mano adelante y otra atrás, como se dice. Yo voy así, con lo que me permite la aerolínea. La verdad es que no es fácil para nada. El alto precio del combustible hace que las aerolíneas restrinjan más que nunca el equipaje, y tanto la cantidad como el peso y las dimensiones son muy estrictas.
Estoy viendo como al lado de las maletas quedan torres de ropa, maquillaje, cremas Victoria Secret, libros, y artículos de casa—algo que me duele particularmente porque casi no las hemos usado en este año y piquito que llevamos casados.
Pero más que unos vestidos y juegos de cubiertos, lo que realmente me ha pegado es darme cuenta de las otras cosas que no puedo llevar conmigo. Mi mamá, sentada a mi lado aconsejándome sobre el equipaje. Mi papá mirando desde un poco más allá. Mi hermana, el resto de mi familia extendida, la familia de mi esposo, mis amigos… las memorias de todos están impregnados en esas tantas cosas que llevo y en las que tengo que dejar.
Es el momento en que me doy cuenta de que ellos no estarán ahí cada vez que quiera ir a almorzar con ellos ni cuando me enferme. Sé que con la tecnología de hoy será fácil llamarlos en cualquier momento o incluso verlos con la webcam. Pero nuestros recuerdos llegan a un punto de divergencia. Sus recuerdos del día a día: viajes a la playa, días especiales, etc., ya no serán conmigo. No estaré para la graduación de mi hermana ni Navidad, ni para los cumpleaños. Mis recuerdos tampoco serán con ellos. Después de este cumpleaños será difícil saber cuándo volveré a soplar las velas con ellos a mi lado. Yo tendré recuerdos nuevos con gente nueva… pero todo será diferente.
No crean que estoy arrepintiéndome de ninguna manera. Cuando pienso en Vancouver me lleno de emoción y sé que seré muy feliz allá. Estoy segura de que si Dios quiere estas personas a quien tanto quiero me acompañarán aunque sea por pocos días o semanas en los próximos años. Quizás compartamos las navidades esquiando cerca de Vancouver y quizás pase un cumpleaños cercano aquí en Morrocoy o en Los Roques en unas vacaciones mías.
He descubierto que lo más importante de todo es saber lidiar con lo que llaman los gringos “Emotional baggage” o “equipaje emocional”. Todos esos recuerdos, temores o rencores que llevamos con nosotros por experiencias pasadas. Es como el hombre que ha sido traicionado por una mujer en el pasado y que luego se la pasa celando a todas las mujeres con las que vuelve a salir. Eso es algo que no podemos llevar con nosotros. Todos los que han emigrado o piensan en hacerlo me entenderán. Cuando uno decide irse de Venezuela para siempre, y más en esta situación política que ha sacado lo más feo de nosotros –odio, resentimiento y falta de comprensión y hermandad– uno se llena de una especie de rencor hacia este país. Rencor por no tener los mismos derechos que los chavistas; rencor por no poder caminar por la calle sin andar paranoico; rencor porque mi pasaporte, el pasaporte de MI PAÍS, dura menos que la visa de EUA, un país que trata a los extranjeros con la punta de los pies y le pide a uno hasta el certificado de vacunación del perro para darle a uno una visa. Uno llega al extremo de no querer salir, no querer ver las noticias, no querer estar aquí. Yo he llegado muchas veces a ese extremo, pero después trato de centrarme y darme cuenta de que así no me puedo ir. Es como dejar la carrera por rabia contra un profesor. Una decisión tan importante no puede tomarse basada en la ira y en la irracionalidad.
Para mí, lo que más me ha afectado es sentir a veces que no entiendo nada aquí. Fui periodista por mucho tiempo y me sentía encima de todo, como si entendiera la lógica de Chávez y su combo, de la oposición y todo lo demás. Pero desde que pasé al lado corporativo, decidí por mi salud y tranquilidad distanciarme un poco de las noticias y ahora sólo reviso periódico o noticias web una vez al día (cuando era periodista era un seguimiento continuo de TV, radio, web, etc). Sigo al tanto de lo que sucede, pero no hago tanto esfuerzo en aprenderme los nombres de los ministros, etc. Tampoco hago un esfuerzo por tratar de conseguirle algún sentido a Chávez. Es demasiado difícil. Últimamente siento como si Venezuela o para ser específica, la política venezolana (que permea todo en nuestro país desde que Chávez se montó en el poder), es algo lejano e incomprensible. Como el pez loro que vi tantas veces en Mochima el mes pasado, pero que cada vez que me acercaba a él, salía huyendo. Bello y único, pero más allá de mi alcance, del alcance de mi comprensión.
Pero por fin hice las paces con esto. Me senté a ver mi país, que pase lo que pase siempre será el lugar donde nací y el que más me ha marcado. Será el país donde aprendí a hablar, a caminar, a rezar, a cocinar. Es el país donde me enamoré y donde nació mi esposo y toda mi familia… hasta mi perro. Tiene cosas tan hermosas que siento escalofríos de sólo pensar en ellas… también cosas terribles, como el crimen, como los valores tan pobres de los venezolanos, de los cuales el peor es el egoísmo (su mejor exponente es la viveza criolla- aunque como han visto en blogs anteriores, es también una ventaja competitiva nuestra). Pero para poder irme con paz espiritual necesité hacer algo más que eso. Pensando racionalmente, alejando esos recuerdos de los disgustos que he tenido en los últimos años, tuve que admitirlo: Aquí puedo ser muy feliz. Aquí sería muy feliz. Aquí siempre tendré futuro, tanto profesional como personal. Si las cosas fueran diferentes, mi camino aquí en Venezuela también estaría lleno de éxito y de buenos momentos.
Quise compartir esto con ustedes porque me imagino que para los que han emigrado han pasado algo así. Para los que piensan emigrar, se los dejo para que lo tengan en cuenta. Para quienes decidieron quedarse aquí y luchar por la democracia y el desarrollo económico del país, para que entiendan que esto de irse no es así tan fácil y que tenemos más cosas en común de lo que piensan…