jueves, 30 de agosto de 2007
Socialismo del Siglo XXI o el “Yo no fui” como política de Estado
Eso no es nuevo, pero está más y más extendido, a pesar de lo absurdo que resulta que un funcionario culpe a un gobierno anterior, luego de 8 años de gestión. Con el Socialismo del Siglo XXI, esto está llegando a un extremo grotesco.
Como parte de un reportaje que estoy haciendo freelance, entrevisté a un funcionario del Ministerio del Ambiente. No es la primera vez que uso al ministerio como fuente. Hace unos cuatro años hice varias entrevistas y de verdad que era el ministerio diferente. Mientras que muchos otros ya habían dejado de dar entrevistas a periodistas que no fueran de medios oficialistas, tuve acceso a varias voceras en el tema de conservación ambiental y reciclaje. Cero politiquerías, ideología ni evasiones. Hablaban claramente y con información detallada de sus proyectos, incluyendo colaboración con empresas privadas con programas de reciclaje, como la estadounidense Owens-Illinois.
Esta vez no esperaba nada diferente. Me imaginaba que por el presupuesto reducido y el interés general del ambiente, permanecería algo de imparcialidad. Me dieron la entrevista: eso es algo imposible en otros ministerios. Sin embargo, el contenido de la entrevista fue una marea de lenguaje ideológico que decía sólo una cosa: todo es culpa del capitalismo.
La entrevista era sobre el problema de la basura. El ministerio inició un plan, que en papel luce bastante razonable, con iniciativas muy acertadas como un sistema de recolección por separado para los desechos biológicos, que hasta hace unos meses se botaban junto a la basura común, generando posibles riesgos higiénicos. Es triste ver como dan un paso adelante y tres atrás. Esta iniciativa se pierde al lado de un lenguaje ideológico eterno.
Según el vocero, un funcionario de rango alto, el gran problema de la basura es la producción, “estamos acostumbrados a botar todo”. De acuerdo. En otros países desarrollados se separa la basura, dejando afuera vidrio, aluminio, papel, cartón, etc. porque son materiales reciclables. Pero según este funcionario el reciclaje es prácticamente un cuento chino. “Lo que se recicla en esos países es sólo un 10%. Además, esas empresas que reciclan, como Owens-Illinois, que por cierto son trasnacionales (¡qué insulto!), son unos vivos. Compran eso a precio muy barato y ni siquiera lo van a buscar”. Propuso que subieran los precios de este tipo de desecho suficiente para que algunas personas pudieran ganarse la vida reciclando… ah, y en la puerta de su casa. ¿Cuál es la solución que propone el Socialismo del Siglo XXI? Bueno, rechazar el consumismo. Mientras menos consumimos, menos botamos. Dígale usted eso, señor funcionario, a los miembros de los Consejos Comunales de los barrios que se la pasan con celulares de último modelo y lanzando botellas de cerveza a la calle. Ni hablar de la costumbre del venezolano de estar siempre a la moda, así sea comprando camisitas en los buhoneros de El Silencio a Bs.15.000.
Y por cierto, ¿esa costumbre de botar las cosas por la ventana del carro? Tampoco es culpa de ellos, sino de los “patrones capitalistas y consumistas de consumo”… ésta es una frase de él: “No es culpa nuestra, por ejemplo, que el señor venga en su carro, baje el vidrio, comience a destapar la caja de cigarrillos y comienza a botarlo”. Por lo menos están considerando campañas de conscientización, aunque nos calaremos la musiquita y el aviso de “Venezuela ahora es de todos”…
El reciclaje no es opción, sino comprar menos. Y lo primero que hay que hacer es deshacerse de las trasnacionales, porque la negociación y el trabajo conjunto no es para el Socialismo del Siglo XXI. Aquí se impone, se apropia y se pisotea la ley y la dignidad del ser humano para lograr lo que Chávez quiera.
La lógica troglodita era suficiente para que sintiera nauseas. En ese momento creo que me ofrecían un boleto para Afganistán y me iba del país.
Esta es la gente que está dirigiendo nuestro país, propagando el egoísmo y el no tomar responsabilidad por nuestras acciones como una política de estado. En vez de unirnos para trabajar en conjunto, se alimenta el resentimiento.
Basta ponerle como decoración al discurso algunas de las palabras favoritas del proceso: golpista (como Chávez en 1992, por ejemplo), fascista, oligarca, escuálido, imperialista, etc. Me recuerda un programa de humor en CNN sobre Bush. Al igual que Chávez, él tiene una docena de palabritas que repite en todo lo que dice. En el programa colocaban una imagen de él dando un discurso y otro y abajo las palabras como se iban intercambiando de lugar, pero eran esencialmente las mismas. El mismo juego de las fichitas lo hacen todos sus sucesores.
Hacer esta entrevista fue darme cuenta de lo profundo que ha ido el proceso, acabando con profesionales de décadas de experiencia y reemplazándolos por personas que manejan bien el juego de las fichitas, y que perpetúen la irresponsabilidad, el odio y el acto reflejo de culpar a los demás por nuestros problemas.
La definición de Socialismo del Siglo XXI es echarle la culpa a los demás de nuestros problemas y prometer un cambio, mientras más ambiguo mejor, con tal de marear al otro.
sábado, 25 de agosto de 2007
Una verdad ineludible… para Venezuela también
En él, Gore ilustra con datos científicos, imágenes y proyecciones a futuro, la gravedad del problema del calentamiento global –un tema que ha sido ignorado por décadas en los países del primer mundo y aún más en los países en desarrollo como Venezuela.
Recomiendo este filme, porque despierta la urgencia de un tema que se ha ido quedando en el olvido desde hace varios lustros. Para quienes no lo hayan visto, resumo en este párrafo las ideas centrales: El documental resume las experiencias que ha tenido Gore investigando sobre el efecto invernadero y dando charlas sobre el tema en todo el mundo. El efecto invernadero es un fenómeno mediante el que determinados gases componentes de una atmósfera planetaria retienen parte de la energía que el suelo rebota al ser calentado por el sol. En su estado natural, es la fórmula para mantener temperaturas cálidas y estables que permiten la vida en el planeta. Pero desde la revolución industrial, debido a los gases emitidos por carros, basura quemada, fábricas y otras actividades, el efecto se está viendo acentuado, aumentando vertiginosamente las temperaturas en el planeta y amenazando el futuro de la vida de miles de especies.
Lo más importante del documental es que nos enseña estudios que prueban que DESDE YA ESTAMOS SUFRIENDO LAS CONSECUENCIAS. En una secuencia, vemos evidencia fotográfica de cómo se están derritiendo kilómetros glaciares de Antártica y el Ártico, en cuestión de meses. Esto no sólo amenaza con aumentar el nivel de las aguas en todo el mundo (amenazando las numerosísimas ciudades ubicadas en las costas de todos los continentes), sino que además nos quitaría los dos espejos de hielo que ayudan a rebotar radiación solar hacia el espacio (lo que controla la temperatura del planeta). Más aún, al estudiar capas milenarias de hielo de los glaciares de Antártica, se consiguió información irrefutable de que en el último siglo hemos multiplicado la cantidad de dióxido de carbono en el aire como nunca antes (estudio de investigadores del Instituto de Física de la Universidad de Berna y el EPICA).
¿Qué pasa con Venezuela?
En Venezuela, un país donde el término “responsabilidad” es una jerga incomprensible y las leyes se rompen tan fácilmente como se colea un carro a 120 kph por el hombrillo, crear consciencia sobre el cuidado del ambiente parece imposible.
Simplemente recoger la basura o evitar botarla en lugares no adecuados parece demasiado pedirle a tantos ciudadanos perezosos que a la hora de pedir están hechos, pero que no levantan un dedo para colaborar con el prójimo –es más si pueden trampearlo, para conseguir beneficio propio, pisoteando los derechos y propiedad ajena, mejor.
Una gran cantidad de los incendios en los parques nacionales (uno de los más heridos por esto es El Ávila), ocurren por los desechos sólidos (dígase, basura), que las personas botan en las vías. El conductor que, encima de estar manejando borracho y arriesgando su vida, la de los pasajeros y las personas en los demás vehículos, agarra su botella de cerveza y la echa en la gramita de la Cota Mil, está lanzando un objeto de vidrio que funciona como una lupa en la grama seca, y tarde o temprano causará un incendio.
El reciclaje funciona de una forma muy limitada, aunque en algunas de las zonas privilegiadas, como el Municipio Baruta, se han colocado docenas de contenedores en zonas recurridas, como colegios, automercados e iglesias.
Pero el venezolano promedio no se interesa en eso. Lo triste es ver que ni siquiera los más educados y pudientes hacen esto rutinariamente. Estudiando en los últimos años en la UCAB, vi a una muchacha en los jardines de la universidad tomando jugo de un cartón, en un banco a cinco pasos de un pote de basura. Pero eso fue demasiado civilizado para ella. Terminó el cartón y lo echó en las matas. Me levanté, le reclamé y ni vergüenza demostró. Estamos hablando de una estudiante de una de las principales universidades del país, de una casa de estudio que da un semestre obligatorio de ética en todas las carreras y es pionero en el estudio de la pobreza y los valores que la perpetúan: entre ellos la “orientación hacia sí” (Mikel de Viana en “Pobreza: Un mal posible de superar”, Proyecto Pobreza, UCAB, 2001). En otras palabras, el cochino egoísmo que no nos deja progresar hacia una mejor sociedad. Queremos un Miami, pero me coleo aquí, agarro un poquito por allá, me como la luz del semáforo, etc.
Lo triste es que las autoridades de nuestro país, en vez de detener esto, lo incentivan. El Socialismo del Siglo XXI promete acabar con cualquier sentido de responsabilidad que queda en este país (todo es culpa del Capitalismo Salvaje, las trasnacionales, ni hablar de la regaladora de plata y el “pan para hoy hambre para mañana”).
*En una próxima entrega quiero compartir con ustedes una entrevista que hice a un funcionario del Ministerio del Ambiente, para que lloren un rato…
*También en una próxima entrega, publicaré una lista de medidas sencillas y económicas, que además de ahorrarles dinero y requerir un esfuerzo muy pequeño, van a contribuir a que el mundo de las generaciones que vienen sean mucho, mucho mejor.
miércoles, 15 de agosto de 2007
Ernest Hemingway: Una vida de aventuras, una espiral de soledad
Lo que sigue son mis reflexiones sobre la novela “Adios a las Armas” de Ernest Hemingway, tomado de fragmentos de un correo a unos amigos. Lo divido en dos partes por la longitud: la primera, sobre el estilo de Hemingway, una gran inspiración para cualquier periodista; y la segunda sobre la tristeza de él en esta novela y cómo yo siento que es el primer capítulo de su carta de suicidio (que ocurrió 30 años después de escribirla y con la pistola que usó su papá para matarse, unos meses antes de la publicación de esta novela).
I.
Hace unos días me reuní con un amigo que me dijo que en los libros de Hemingway nunca sucede nada. Y tiene razón. Aunque el ambiente y situación en la que está inmersa la historia siempre es fascinante (guerra, un viaje de caza en Kenya, una feria española de toros), la realidad es que la historia es generalmente sencilla, con poco ambiente emocional.
Francamente, yo amo la lectura de Hemingway… será seco, machista, amante de la guerra y caza (cosas que yo detesto), pero leerlo es como escuchar música de relajación o Chopin. Es algo que me reconforta y me hace sentir en un lugar muy seguro y cálido, muy familiar.
Es impresionante como un autor que le declaró la guerra a los adjetivos sea tan descriptivo. Me gusta leer hasta los libros más lentos de él (como “Las Colinas Verdes de África”) porque con su descripción en palabras sencillas y claras, uno siente como si estuviera ahí viendo el momento que él cuenta. Cuando leí ese libro, hace unos años, estaba estudiando un semestre muy complicado y pasando por una situación desagradable en el lugar donde trabajaba. En las noches leía una o dos páginas, donde por supuesto no sucedía mucho (las personas llegaban de su hospedaje a la sabana, caminaban con escopetas, veían los animales, les disparaban y se regresaban; ahora repite eso unas 12 veces y tendrás el contenido del libro). Sin embargo, la descripción de los animales era tan vívida – y yo trataba tanto de ignorar el hecho de que esas pobres especies en extinción se morían en cada capítulo – que yo comenzaba a soñar que estaba en las sabanas de África viendo a un rinoceronte amamantando a su cría. Suena un poco loco, pero era muy relajante…
Lo mismo sentí al leer “Adios a las armas” (Farewell to Arms), una de las primeras publicaciones de Hemingway y una narración inspirada en sus propias experiencias como conductor de ambulancias en el ejército italiano durante la Primera Guerra Mundial. Sucede muy poco, pero siento que realmente estoy en las alas del hospital italiano, donde él estaba recuperándose de una herida de guerra. Como soldado al fin, las conversaciones con sus colegas tienen una gran carga de dobles sentidos. Sin embargo, Hemingway es muy parco con las palabras de atribución. A diferencia de los periodistas venezolanos que caen en lo absurdo cuando citan a alguien (“Fedecámaras colaborará con el gobierno”, el vocero exclamó… ¿por qué exclamó?), él sigue el estilo estadounidense: “said usually says it best” (“dijo” generalmente lo dice mejor). Por eso la picardía de un comentario de uno de los oficiales tiene más gracia todavía. No hay nadie que ponga la torta diciendo algo como “…, dijo el oficial con una risa de picardía”, sino que transcribe la frase claramente, para que uno mismo consiga la gracia.
Para mí este libro ha sido una experiencia de regresar a Hemingway, a un viejo amigo, que aunque seco y un poco pesimista, es familiar y reconfortante.
II.
Creo que es el libro que más me ha entristecido de él. En inglés usan mucho la palabra "Haunt" para eso. Decir espantar suena mucho a miedo, así que te puedo describir que el final triste del libro fue como entrar en una casa donde han ocurrido cosas muy tristes. Sentía el fantasma de la tristeza de Hemingway, no el temor de ver un fantasma-- no sé si me explico. Leer "Adios a las armas" fue como comenzar a leer una carta de suicidio treinta años antes del suicidio de él.
Al principio me parecía una lectura fresca, aunque se sentía una gran distancia de la realidad de la guerra. Él no estaba allí en cuerpo y alma, es evidente al leer un libro sobre la guerra donde realmente no hay casi nada de la guerra en sí. Siento que el amor por Catherine, aunque evidentemente sintió mucho por ella, fue casi una evasión para él, una manera de sentir algo por alguien, para huir de lo absurdo de la guerra. Él, como muchos de los soldados y oficiales que describe, están absolutamente desmotivados por la guerra. Pelean sin querer pelear, sin entender ni comulgar con la causa, simplemente con deseos de llegar a sus casas, comer y estar con mujeres.
Entonces conoce a esta mujer, quien además es insoportable, especialmente para una lectora femenina. Es tan insegura y tan gafa que no puedo creer que un premio nobel del siglo XX pudiese querer a alguien así. Pero bueno, supongo que si Arthur Miller pudo casarse con Marilyn Monroe todo es posible. Claro que Frederick no es tampoco el gran partido. Pero bueno, todo se vale en el amor en la guerra, considerando la escasez de parejas... Pero más allá de la elección de pareja, que no es incumbencia de nadie, siento ese deseo de escapar de Hemingway. Un romance siempre es la excusa perfecta para no caer en la realidad.
Sin embargo, a medida que avanza la novela se ve como Hemingway realmente se enamora de esta mujer. Hay una parte donde él admite que con ella sintió algo que no volvió a sentir por más nadie... y lo creo, porque tuvo 4 esposas en 60 años de vida. En la película algo banal que se hizo hace unos años con Sandra Bullock (supuestamente la historia contada por la enfermera), ella al final lo buscó después de rechazarlo, pero por su orgullo, él no quiso nada con ella. Recuerdo que mi papá veía la película conmigo y dijo: "¡Qué hombre tan tonto! Rechazar a esa mujer para después casarse 4 veces y ser infeliz!". Mi papá es un hombre muy práctico y con mucho sentido común, pero insisto que eso es algo que los genios (especialmente los artistas y literatos) no pueden darse el lujo de tener.
Pero más perturbador que el haber escogido estar infeliz románticamente, es su enfrentamiento con la muerte. Él escribe un fin para ese romance que nunca sucedió pero que es mucho peor que un amor truncado. "La muerte siempre gana"... Ellos, que trataron de huir de la guerra y la muerte al escaparse del frente, al final cayeron en sus garras inevitables. Y él es una persona tan triste y sola que no puede amar ni siquiera a su propio hijo.
Es un sentimiento terrible. Cuando uno tiene varios familiares enfermos, parece en verdad que uno está en medio de una telaraña y sin ningún poder para hacer nada. Todo el sentido de falso control que tenemos en nuestras vidas se nos cae. Eso lo he vivido y sé lo terrible que es. Pero lo de Hemingway va más allá. Después de terminar de leer el libro busqué una cronología de su vida y me di cuenta que unos meses antes de reescribir y publicar esta novela, el padre de Hemingway se suicidó. Hemingway le ´pidió a su hermano la pistola con la que se había matado y usó la misma arma para matarse unos 30 años después.
El dolor es algo que destroza la vida de una persona, y creo que para el momento en que escribió esta novela, siendo aún bastante joven, Hemingway estaba trazando el camino hacia una vida solitaria y llena de sufrimiento. Evidentemente amó después a otras mujeres, pero nunca sintió la misma intimidad con más nadie. Ya para el momento de escribir el libro tenía dos hijos y es casi increíble ver como en el libro el bebé es una cosa fastidiosa, irritante, que lo divide a él de su amante. Es triste pensar que ni la paternidad le dio felicidad. Quizás fue todo ficción, pero me cuesta creerlo. Ese niño distante y molesto es el símbolo de una serie de sentimientos confundidos, decepciones, traiciones, quizás el mismo luto por su padre.
viernes, 3 de agosto de 2007
Esta semana he estado participando en el programa “Mujer, liderazgo y comunicación”, organizado por Cedice Libertad y Voces Vitales, junto a más de una docena de periodistas de diferentes medios, empresas e instituciones privadas y públicas.
En esencia, este programa es una reflexión sobre el lugar de la mujer en la sociedad y el importantísimo rol de liderazgo que ejercemos desde los medios de comunicación.
Este es un tema que no tocamos suficiente en nuestro día a día, especialmente en Venezuela, donde las mujeres no sólo dedicamos una atención casi desproporcionadas a nuestro físico, sino que muchas parecen desvivirse para ser más buenotas, más atractivas y más agradables con el fin de complacer a los hombres.
Los años que viví fuera del país y haber compartido tanto con extranjeros me ha ayudado a tener una visión de los venezolanos privilegiada: los entiendo desde adentro porque ante todo soy venezolana, de nacimiento, padres y crianza; pero al mismo tiempo puedo ver con ojo crítico las particularidades de nuestra cultura.
Una de las primeras conclusiones que hago es que el venezolano, hombre y mujer, forma su ser y su vida alrededor de lo que piensan los demás, más que cualquier otra cultura que yo conozca. Claro, en esencia el ser humano es comunicación y todo lo que hacemos, compramos y expresamos es hecho en función del otro. Pero lo del venezolano llega al extremo. Y en el caso de la mujer, ni hablar.
La mujer venezolana no parece exigir ningún derecho de género, sintiéndose más bien orgullosísima de su fama de bella y encantadora. La idea del feminismo llega hasta unos chistecitos. No conozco a ninguna mujer de mi generación, quien en realidad busque cambiar las situaciones, más allá de las condiciones individuales. El machismo es motivo de quejas pero no de acción, a pesar de que existen herramientas legales para defender nuestros derechos. Esto lo aprendí sobre todo por una experiencia muy desagradable que viví hace unos cinco años.
En un medio en el que trabajé, el socio mayoritario y editor en jefe era un hombre estadounidense bastante joven, buenmozo y un poco arrogante. Él trajo a su novia –una ex miss– a trabajar en uno de los departamentos, pero eso no evitaba que pasara la mitad del tiempo coqueteando con todas las mujeres de la empresa. Pero sus halagos no eran nada placenteros, a pesar de venir de un hombre tan atractivo y tan buen partido. A varias empleadas –incluyéndome a mí– nos incomodaba sentir que este coqueteo venía de un jefe. Sé que muchas de las mujeres que lean este artículo han pasado por esta situación y probablemente se reirán de mí (“Esta mujer sí se enrolla”). Pero aunque parezca hasta entretenido para algunas, este juego es completamente asimétrico –para recordar una palabra de mi presidente meeesmo. La única que puede perder en el juego es uno, la subordinada y asalariada. Todo el poder está en sus manos. Y más degradante todavía, por más que tú le estés echando pichón y sacando tu postgrado, fajándote para sobresalir, él está diciéndote que eso le importa poco, porque al final tu eres un “culito” para él. Así de sencillo.
Este era el caso con el jefe en cuestión, de quien esto me parecía un caso agravado considerando que en su país podría ir a juicio por menos de lo que hacía con nosotros. Los piropos no eran solamente miraditas y halagos ligeros. A una chica le dijo “qué bellas piernas tienes” en un español machacado. A mí me dijo “casualmente” que estaba buscando una esposa. Mi mirada de escepticismo y una respuesta fría deseándole suerte en el asunto hicieron que se le “aguara la fiesta” y dejara un poco la cosa conmigo. Pero un día se pasó de la raya.
La empresa había mandado a hacer docenas de franelas para un programa de responsabilidad social y yo –que me encanta el material POP– le pedí que me regalara una. Frente a su novia y el Gerente General de la empresa me dijo “Sí, pero sólo si te lo ganas en un concurso de camisas mojadas”. Fue uno de los momentos más desagradables de mi vida profesional. La novia rodó los ojos (por cierto seguían juntos hace un año a pesar de la montadera de cachos constante), y el gerente general –un hombre honesto y respetuoso hasta el momento– al principio puso una cara de sorprendido, pero luego se decidió por jalar mecate y soltó una risa falsa. Mi reacción fue poner una cara de absoluto disgusto y por la cara de avergonzado que puso el editor en jefe, tiene que haber sido un gesto bien claro para él. Después de ese día no volvió a tratarme jamás de esa manera y poco después se aburrió de acosar sexualmente a sus empleadas y más bien usaba a las reporteras como anzuelo para captar entrevistas y hacer contactos con mujeres que él consideraba atractivas (pero no nos pagaba doble sueldo por asumir la tarea adicional de proxenetas),
Lo que más me indigna de esta situación fue la manera de actuar mía y de las demás mujeres. ¿Cómo es posible que un hombre, por rico y jefe, se atreva a estar haciendo comentarios sexuales a todas horas a sus empleadas? ¡Y nosotros no le dijimos nada! En ningún momento alguna se le paró y le dijo: “disculpe señor, pero esto me parece una falta de respeto y no me parece apropiado en un ambiente de oficina”. Las mujeres se dejaban tratar como objetos. Pero sobre todo yo, quien conozco bien el tema de acoso sexual y lo fácil que hubiese sido –no amenazar– sino establecer límites y poner en su lugar a este señor, jamás lo hice. No lo hice por temor y pena; no lo hice porque temía ser la única en levantar la voz, mientras las demás callaban y hasta sonreían; y quizás por eso de la falta de experiencia, porque viví una vida tan inocente que a excepción de un profesor chileno baboso jamás tuve una experiencia similar con un hombre jerárquicamente superior a mí.
Aquí las mujeres no hacen valer sus derechos ni en eso. No nos unimos en grupo y creamos un frente común para enfrentar problemas como esos. Peor todavía, muchas se ríen de este tipo de cosas (“¡Si a mí me han pasado peores cosas!) y ni siquiera lo consideran un verdadero problema.
Agradezco la experiencia de participar en este programa sobre mujer y liderazgo, no sólo por los aprendizajes recibidos, sino por simplemente crear un espacio para discutir este tema. El feminismo no es una posición radical, como aquellas mujeres que quemaban sus sostenes y se vestían como hombres pensando que así lograrían la igualdad. Este no es un tema de comeflores, ni algo radical. Es un derecho de igualdad que tenemos todas. Los hombres ganan más que nosotras y están en mejores posiciones de liderazgo. Con sólo mirar alrededor en nuestros lugares de trabajo lo vemos.
El lenguaje está lleno de términos machistas, pero sobre todo las costumbres del día a día –que transmitimos a nuestros hijos– están llenos de desigualdad, que afectarán nuestro ascenso profesional, familiar y social ahora y en el futuro. No es cuestión de dominar al hombre ni rechazarlo. Es incorporarlo a nuestra lucha, como madre, esposa o madre de sus hijos. Pero sobre todo, nosotras las jóvenes profesionales que estamos comenzando a formar nuestros hogares y accediendo a poderes de liderazgo inéditos, debemos exigir condiciones de vida que nos permitan lograr espacios tradicionalmente masculinos sin tener que sacrificar nuestros papeles de madre y esposa, como exigir guarderías dentro de nuestros lugares de trabajo.
Esa y otras metas pueden parecer lejanas, pero como dice el refrán chino: “El viaje de mil millas comienza con un solo paso”. Y el primer paso es levantar la voz y hacernos escuchar.
*Profundizaré más en este tema en una próxima entrada sobre el SIDA y la mujer venezolana.
